Lo ha vuelto a hacer. No lo puede evitar. Martin Scorsese sabe que la mejor pareja para su pasión cinematográfica es la literatura.
Un romance literario que el director ha confirmado en 13 de sus 24
películas. Y ellas son las que han asegurado su nombre en la historia
del cine, desde Toro Salvaje, pasando por Uno de los nuestros, hasta El
lobo de Wall Street, por la que ha obtenido cinco candidaturas este año. Solo dos clásicos suyos no están basados en libros: Malas calles y Taxi driver.
Scorsese (Nueva York, 1942) siempre ha sido un gran lector. De esos
que a medida que leen el libro crean un mundo en su cabeza bajo sus
propias coordenadas. El lugar donde se suele quedar en la gran mayoría
de las personas. Salvo en los artistas si recurren a ellos como fuentes
de inspiración. Es el caso del director neoyorquino que al trasladar
dichas obras al cine lo que adapta es otra obra, la suya, la de
Scorsese, con tal fuerza de voz que eclipsa la del autor original del
libro. Aunque hay otra excepción: La edad de la inocencia, de Edith
Wharton.
Un paneo por esa relación literatura y cine muestra lo mejor de
Scorsese: Toro salvaje (1980), El color del dinero (1986), La última
tentación de Cristo (1988), Uno de los nuestros (1990), El cabo del
miedo (1991), La edad de la inocencia (1993), Casino (1995), Al límite
(1999), Gangs of New York (2002), El aviador (2004), Shutter Island
(2010), La invención de Hugo (2011) y El lobo de Wall Street (2013).
Incluso Infiltrados, que no es un libro, podría encajar aquí al ser un
remake basado en otro guión.
Ese romance de Scorsese con la literatura ha cumplido medio siglo.
Se remonta a 1963 cuando el joven Martin lee el primer libro de los que
habría de llevar al cine, aunque no fuera su primera adaptación
cinematográfica. Se trata de La última tentación de Cristo, de Nikos
Kazantzákis, que llevaría a las pantallas 25 años después. Es una deuda
que tiene con los jesuitas porque al ser rechazado por su universidad él
se va a la de Nueva York a estudiar Literatura Inglesa, de donde pasa a
los estudios cinematográficos de la misma.
Pero es en 1976 cuando cae en sus manos la primera obra que llevaría
al cine: Raging Bull. My Story: la autobiografía del ex campeón de boxeo
Jake La Motta. Aunque pocos se acuerdan de ella, sí saben de la
existencia de Toro salvaje -con De Niro y guion de Paul Schrader y
Mardik Martin. En aquellos días le regalan La edad de la inocencia, que
guarda casi sin abrir, predestinada a ser su más fiel adaptación sobre
la novela de Edith Wharton. Por entonces también intenta adaptar La
última tentación de Cristo pero el proyecto termina en una gaveta por
orden de la productora.
Su siguiente encuentro con la literatura es en 1984 cuando
Paul Newman lo invita a dirigir El color del dinero, novela de Walter
Tevis. Tras dudar, por tratarse de una continuación de El buscavidas,
protagonizada en 1961 por el mismo Newman, acepta y en 1986 estrena el
filme. Dos años después logra hacer realidad la versión de La
última tentación de Cristo, lo que genera una gran polémica al contar la
historia de un Jesús enamorado de la virgen María.
En medio de ese ruido llega a sus manos Wise Guy, de Nick Pileggi,
destinada a llamarse en el cine Goodfellas o Uno de los nuestros en
español, considerada una de sus cimas. Es el reencuentro con dos de sus
debilidades: la mafia y Nueva York. Y la tentación de adaptar el libro
es casi inmediata. Con el autor hacen hasta 10 versiones cuyo resultado
final se estrena en 1990. Es la historia sobre la vida de un mafioso que
no es ni pez gordo, ni muy malo después de todo, al que da vida Ray
Liotta, junto a De Niro y Joe Pesci.
Dos años más tarde estrena un encargo y lo más comercial en su
carrera: El cabo del miedo. Un remake de J. Lee Thompson (1962), basado
en el thriller The Executioners, de John D. MacDonald. Al principio
dudó, pero el entusiasmo de De Niro por el ex presidiario vengativo que
acosa a la familia de su abogado lo contagia.
Más entusiasmo pone en su siguiente filme. En 1993 hace realidad un
sueño: una historia romántica con La edad de la inocencia, Premio
Pulitzer en 1921 para Wharton. Aunque es su película más literaria es
también la más violenta, según ha afirmado el cineasta, al describir una
clase alta neoyorquina de entre los siglos XIX y XX, con asesinos
exquisitos que no se manchan un guante pero exterminan psicológicamente a
quien osa alterar la armonía familiar.
En 1995 regresa al mundo de la mafia, esta vez en Las Vegas. Adapta
Casino, de Pileggi, con De Niro de nuevo en el papel estelar. En 1999
crea otra pieza para su fresco neoyorquino: Al límite, basada en
Bringing Out the Dead, de J. Connelly, con guion de Schrader y la
actuación de Nicolas Cage.
Ya en el siglo XXI su entrega a la literatura será total, entre
relatos y biografías. En 2003 realiza uno de sus proyectos más
ambiciosos: Gangs of New York, un reportaje de Herbert Asbury de 1927.
Después de tres décadas de imaginarlo hace realidad su viaje en el
tiempo en busca de las raíces de la violencia de su ciudad y de la
corrupción en calles y estamentos públicos. Le dio los papeles estelares
a Daniel Day-Lewis y Leonardo DiCaprio.
La vida de Howard Hughes la adapta como El aviador en 2004. Seis años
más tarde estrena Shutter Island, novela homónima de Dennis Lehane,
para adentrarse en los laberintos de la mente y la locura y jugar con el
espectador; en 2010 no se resiste a la novela gráfica de Brian Selznick
y adapta La invención de Hugo y viaja a los orígenes del cine, y en
2013 estrena la autobiografía de Jordan Belfort: El lobo de Wall Street.
Son películas tiene una voz propia, como en la mejor literatura.
La estructura suele estar basada en un narrador, alguien cuenta, en
primera o tercera persona o de manera omnisciente. Incluso recurre a la
técnica literaria, luego usada en el cine, en la cual el narrador o
algún personaje del relato se dirige al lector-espectador, y lo
involucra en la historia. Busca su complicidad como en los mejores
relatos. El último es Jordan Belfort (DiCaprio) y su vida vertiginosa,
enmarañada y desbarrancada en la ilegalidad y la corrupción que Martin
Scorsese ha recreado al ritmo de los tiempos narrados, escritos, en una
montaña rusa, de la primera a la última página; ¡perdón!, del primero al
último minuto.

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