Mi mascota es feliz. Pero no lo sabe, porque su mentalidad perruna no
alcanza a formular el concepto. Disfruta en el día a día el comer
garantizado, el retozo con sus juguetes y el afecto de quienes la
rodean. Para la especie humana, en cambio, la felicidad ha sido un deseo
siempre perseguido. Las religiones, el pensamiento filosófico, el arte y
la literatura intentan encontrar respuesta para tan apremiante demanda.
Ofrecen consuelo, promesa de vida eterna, exaltan el goce de los
sentidos o el descubrimiento del valor casi imperceptible de las
pequeñas cosas cotidianas. Todo proyecto social emancipatorio se propone
también, en última instancia, construir la posibilidad de realización
plena para cada quien.
Cuando va terminando el año, nos aprestamos a la celebración y el
reencuentro para recibir el anuncio de un nuevo amanecer.
Simbólicamente, barremos lo viejo con vistas a formular proyectos o a
espantar los malos augurios. Todos no disfrutamos por igual. Algunos
tienen que cicatrizar un dolor reciente. Otros buscan refugio en el
recogimiento. Porque la clave del problema está en que la felicidad no puede programarse.
Hace años, en el Museo de Dresde, contemplé durante un buen rato un
cuadro que proponía una imagen tangible del paraíso prometido. En un
ambiente carente de atmósfera, aparecen dispersas formas corpóreas
privadas de identidad, de rostro y de brazos, clavados en el suelo por
un largo pedículo. Distantes unos de otros, permanecen sin habla,
condenados para siempre a la incomunicación. La eternidad se equiparaba,
en aquella visión espantable, a la no vida.
La felicidad, por lo contrario, se asocia a la vida. Requiere la
transformación humanizadora del entorno, la satisfacción de las
necesidades, el vínculo estimulante con la naturaleza —ese paisaje con
el color del cielo y la sombra acogedora del árbol— y la interminable
variedad de las calles por donde transitamos. En ese universo que
recibimos al nacer, tenemos que aprender a descubrir la felicidad,
muchas veces huidiza y con frecuencia momentánea, iluminación tan
relampagueante que se nos escapa hasta revelarse como pérdida en una
nostalgia tardía.
La felicidad se asocia a la vida. Viene dada por las circunstancias
que nos rodean, el ambiente, la familia, la amistad, el amor. Para
reconocerla y capturarla, hay que fortalecer las antenas conformadas por
nuestros valores espirituales. Dar es el mejor modo de recibir. Hay
quienes experimentan intenso placer al observar el colorido de una
puesta de sol. A veces, el dolor y la felicidad se suceden. Ocurre así
en el parto, difícil y angustiado, compensado por el nacimiento de la
criatura. El artista verdadero conoce esos momentos de plenitud cuando
la compleja elaboración de la obra desemboca en un resultado
satisfactorio y recibe el beneplácito del público, del mismo modo que el
atleta sudoroso asciende el podio de la victoria.
El concepto de felicidad, junto al incentivo por perseguirla, es obra
de las variadas propuestas culturales construidas a través de la
historia. Las celebraciones campesinas, asociadas al canto y al baile,
eran el resultado de la convocatoria colectiva para la recogida de la
cosecha. El trabajo manual incitaba al acompañamiento rítmico. Las
expresiones musicales más remotas surgen del ritual y de las variadas
labores, como la del pastor que atiende las ovejas con la melodía de su
caramillo. Mucho más adelante, se fue definiendo el espacio para el
tiempo libre. Los domingos devinieron días de guardar, consagrados
también a la exigencia de reponer fuerzas, a la ruptura de las rutinas,
al ocio, al cuidado de la persona, al baño semanal y al empleo de ropas
reservadas para ese día. Imperceptiblemente, la costumbre impuso otras
rutinas. Las normas sociales generaron compromisos de otro orden. La
diversión se transformó en obligación, modorra espiritual. Porque la
felicidad no se programa desde fuera. Surge en la interacción de la
subjetividad individual con la cultura que nos arropa. La presión del
medio conduce a simular una alegría forzada, falsa versión de la
verdadera felicidad. Para lograrlo, nos aturdimos con el volumen del
ruido y nos valemos de estimulantes de todo tipo para romper las
inhibiciones, en espera de la triste resaca del próximo amanecer.
La preponderancia de las fórmulas de entretenimiento exacerbada por
las nuevas tecnologías propone modelos de felicidad sustentados en
poseer bienes más que en la capacidad de disfrutar. Nos sometemos al
sacrificio de lo indispensable por alcanzar lo ilusorio, siempre
inalcanzable porque el mercado multiplica la producción de nuevos
bienes. Accedemos de buen grado a tentaciones enajenantes
mientras se nos escapa entre los dedos la infinita riqueza de la vida
porque, para conquistar la felicidad, hay que empezar por reconocerla.
Escurridiza, a veces nos pasa por el costado y tan solo años más tarde
comprendemos con nostalgia que no supimos agarrarla. La esencia del
problema se encuentra, otra vez, en la cultura, fuente de valores y
terreno fértil para el crecimiento del espíritu. En ese suelo favorable,
se agudizan las antenas para revelar el encanto del paisaje, el
incitante universo de las artes, la belleza oculta en las cosas y en los
seres humanos que nos rodean. Para ser feliz, hay que amar la
vida y preservar en lo íntimo de cada quien el fresco latido de la
infancia. Tenemos que cuidarnos de la ponzoña que envilece el alma,
hecha de amargura, de envidia, de resentimiento, de mezquina ambición.
Los niños nacen para ser felices. Por eso, para los niños de nuestra
América, José Martí escribió La edad de oro. Lo hizo con el propósito de
ensanchar horizontes al conocimiento del perfil de los héroes, de los
pueblos de otros continentes, de los últimos inventos de la
civilización. Se valió de la prosa y de la poesía para afinar la
sensibilidad para el goce de las palabras y de la melodía del verso y
despertar en la virtud el rechazo a la mezquindad y el reconocimiento de
la plenitud humana en el gesto generoso. En la delicada y entrañable
verdad de esas páginas se revela la dimensión de quien, consciente de la
ingratitud probable de los hombres, se entregó de lleno, en sus actos, a
la lucha por el mejoramiento posible de sus semejantes.http://www.cubadebate.cu/opinion/2013/12/31/en-busca-de-la-felicidad/
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